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Potencial golpe a las tasas: Los impactos de la guerra en medio oriente

Por Cristián Martínez, fundador de Crece Inmobiliario.

La escalada del conflicto en Medio Oriente, no es una noticia más, se configura como un verdadero terremoto económico y cuyas esquirlas están llegando directamente a nuestras carteras de inversión y, más específicamente, al mercado inmobiliario que tanto nos ocupa.

Lo más obvio es el tema del petróleo. Irán controla el Estrecho de Ormuz, espacio por el cual transita una parte más que significativa del crudo mundial, por lo que este tipo de escenarios son realmente devastadores para la economía, al incrementar el valor del barril.

¿Qué significa esto? El aumento del precio del petróleo dispara inmediatamente los costos de transporte, tanto nacional como internacional, ya que todos los bienes que se movilizan, desde materiales de construcción hasta productos básicos, se encarece. Y cuando los precios suben de manera generalizada, la inflación aparece. 

Frente a esto, la única herramienta efectiva que tienen los bancos centrales para combatirla, es subir las tasas de interés. Paradójicamente, justo cuando la economía local mostraba señales de estabilización a niveles de tasas.

Otro punto importante, es la incertidumbre financiera que genera un conflicto de esta magnitud, provocando un comportamiento predecible en los inversionistas: la búsqueda desesperada de refugio. Y ese refugio tiene nombre y apellido: activos líquidos. El dólar y los bonos del tesoro estadounidense se vuelven los destinos favoritos del capital que huye del riesgo y, a su vez, este movimiento masivo de capitales tiene una consecuencia directa: el dólar se fortalece y nuestras monedas locales se devalúan.

Si hablamos del mercado inmobiliario chileno, podemos vaticinar alzas en los combustibles, aumento de la inflación, fortalecimiento del dólar y, por supuesto, un impacto directo en nuestro sector.

La tormenta es perfecta: al aumentar el precio del dólar, implica que necesitamos más pesos para comprar esta moneda, con la que se adquieren los barriles de petróleo. O sea, encarecimiento del combustible, lo que dispara la inflación y, cuando esto ocurre, sube la UF. ¿El resultado de esto? Dividendos más caros para quienes ya tienen créditos y condiciones más restrictivas para quienes buscan postular a ellos.

En este escenario, el Banco Central responderá al aumento inflacionario haciendo lo que sabe hacer: 1) mantener la tasa, si estaba pensando en bajarla o 2) subir la tasa de política monetaria para controlar la inflación, lo que se traducirá directamente en tasas de crédito hipotecario más elevadas, enfriando aún más un mercado que apenas comenzaba a mostrar signos de recuperación.

Las guerras de este tipo, por muy lejanas que parezcan, al estar en un mundo globalizado, nos impactan sí o sí. Desde el costo de los materiales de construcción hasta el valor de nuestros dividendos mensuales, pasando por la capacidad de acceso al crédito de potenciales compradores.

Trump y su nueva era Dorada o el imán inmobiliario en Medio Oriente

Al final, para Trump, cada torre es un espejo y en cada cristal dorado, se refleja a sí mismo.

Por: Equipo Mercados Inmobiliarios

Donald Trump regresa a Medio Oriente, pero esta vez no como el outsider que incomodaba a los diplomáticos clásicos. Hoy, en su segundo mandato como presidente de Estados Unidos, se mueve con la soltura de quien ha hecho de la política un brazo de su estrategia personal. Y de los negocios, una extensión del poder.

Su gira por Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Omán, envuelta en la retórica de la cooperación energética y la estabilidad regional, arrastra un subtexto más denso: el avance de sus inversiones inmobiliarias en una región que lleva años siendo terreno fértil para su apellido. En los márgenes de las reuniones oficiales y los saludos protocolares, crecen torres, se licitan resorts y se firman convenios con desarrolladoras locales que, más que metros cuadrados, compran marca: la marca Trump.

Desde los años noventa, cuando vendió el Hotel Plaza de Nueva York al príncipe saudí Al-Waleed bin Talal para salir del colapso financiero, Trump ha sabido leer el apetito de las monarquías del Golfo por el lujo occidental con sello propio. Hoy, ese olfato se convierte en estrategia de Estado.

La Trump Organization —administrada ahora por sus hijos, Donald Jr. y Eric— ha consolidado alianzas con firmas como Dar Global, el brazo internacional de la gigante Dar Al Arkan, para expandir su presencia con proyectos que incluyen el Trump International Omán, un complejo de golf y residencias de ultra lujo, y una Trump Tower en Yeda, aún en etapa de diseño, pero ya ampliamente publicitada.

Nada es casual. Las imágenes de Trump caminando junto a Mohamed bin Salmán o compartiendo cenas privadas con emires no solo consolidan su política exterior: también revalorizan su marca. La confusión entre lo público y lo privado, que fue una constante en su primer mandato, hoy se presenta como arquitectura de poder.

Oficialmente, el presidente no tiene vínculos directos con los contratos firmados en el Golfo. Pero la marca que decora los proyectos es la misma que figura en sus discursos, su avión y su biografía.

Los críticos denuncian conflictos de interés flagrantes. El regreso de un presidente en funciones con intereses inmobiliarios personales en países con los que negocia armas, energía y alianzas militares, dibuja una escena difícil de justificar desde los estándares éticos convencionales.

Pero Trump nunca ha pretendido ser convencional. Para él, la política es un tablero de intereses —los suyos y los de su país— y Medio Oriente, un campo ideal para hacerlos coincidir.

Los defensores del mandatario ven en esta doble agenda un ejemplo de “diplomacia empresarial” efectiva. La región lo recibe con entusiasmo, no solo por la memoria de su apoyo irrestricto en temas sensibles —como el alineamiento frente a Irán o el silencio ante el caso Khashoggi—, sino porque Trump representa una visión del poder que las élites locales entienden bien: personalista, transaccional, opulenta.

La fórmula de su expansión es simple pero eficaz. A diferencia de los grandes desarrolladores globales, la Trump Organization no construye: licencia. Ofrece el nombre, el diseño, y a veces el relato. Lo demás —el capital, el riesgo y la ejecución— queda en manos de actores locales.

De ahí que el crecimiento de su portafolio internacional no requiera de grandes inversiones, sino de grandes alianzas. En Medio Oriente, ha encontrado ambas.

La gira termina, pero las preguntas permanecen. ¿Dónde termina el presidente y empieza el empresario? ¿Puede un jefe de Estado negociar acuerdos que, en paralelo, potencian sus negocios personales? ¿Qué precedentes deja para futuras administraciones?

Trump, como de costumbre, no responde. Sonríe en las fotos, repite que “América está ganando otra vez” y deja que las torres hablen por él. Porque si algo ha entendido mejor que nadie, es que el poder no siempre se ejerce desde la Casa Blanca. A veces, se proyecta desde una suite en el desierto, con vista al campo de golf y el nombre en dorado sobre la entrada.

Porque al final, para Trump, cada torre es un espejo y en cada cristal dorado, se refleja a sí mismo.

17/03/2026 00:56
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