Entre promesas, cambios de equipos y una institucionalidad tensionada, los damnificados del megaincendio en Viña del Mar vuelven a levantar la voz. No piden explicaciones técnicas: piden certezas.
Por: Equipo Mercados Inmobiliarios
En El Olivar el tiempo no avanza igual que en el resto de la ciudad. Allí, donde el fuego arrasó con casas, historias y rutinas, la reconstrucción no solo se mide en metros cuadrados levantados, sino en la capacidad del Estado de cumplir su palabra. Y, según denuncian los propios vecinos, esa deuda sigue abierta.
Ha pasado más de un año desde el megaincendio que marcó a Viña del Mar y Quilpué. Las imágenes de cerros ennegrecidos y familias que lo perdieron todo dieron paso a otra escena, menos visible pero igual de persistente: la espera. Una espera que hoy se transforma en molestia, frustración y desconfianza.
Los damnificados apuntan directamente al ministro de Vivienda, Iván Poduje. No desde la consigna fácil, sino desde la experiencia cotidiana de trámites que no avanzan, obras que no parten y decisiones que, aseguran, cambian sobre la marcha.
“Necesitamos ordenar el Serviu en Valparaíso, no tenemos cabeza en la región”, dicen desde la organización de vecinos. La frase no es solo una crítica administrativa: es el síntoma de una institucionalidad que, a ojos de quienes esperan una solución, no logra coordinarse.
En procesos de reconstrucción, la técnica es clave, pero la confianza lo es aún más. Y ahí es donde, según relatan los afectados, se ha producido una fractura. Cambios en los equipos, salida de profesionales que conocían el terreno y decisiones poco claras han ido erosionando esa relación.
“Sacaron a personas que conocían el proceso de reconstrucción”, acusan. La consecuencia —dicen— no es menor: cada ajuste implica retrocesos, nuevas curvas de aprendizaje y, sobre todo, más tiempo.
El problema no es solo la demora. Es la expectativa generada. Cuando una autoridad anuncia medidas para destrabar procesos, lo que instala no es solo un plan de acción, sino una promesa. Y cuando esa promesa no se concreta, el costo es doble: material y simbólico.
En El Olivar, ese costo se vive en lo cotidiano. En familias que aún no saben cuándo podrán reconstruir, en vecinos que ven cómo los plazos se diluyen y en una comunidad que comienza a mirar con escepticismo cada nuevo anuncio.
El escenario, además, se ha tensionado. Las discusiones entre autoridades y residentes —algunas de ellas públicas— reflejan un vínculo deteriorado. La reconstrucción, que debería ser un proceso de colaboración, se ha convertido en un espacio de fricción.
Pero quizás lo más complejo es que el tiempo, en estos casos, no es neutro. Cada día que pasa sin soluciones concretas no solo retrasa obras: profundiza la sensación de abandono.
Porque reconstruir no es solo levantar viviendas. Es reconstruir confianzas, certezas y vínculos. Y en El Olivar, hoy, eso parece ser lo más difícil de recuperar.






