Chile debe exportar su experiencia en reconstrucción

Los terremotos que han afectado recientemente a Colombia y Venezuela vuelven a poner sobre la mesa una realidad que Chile conoce demasiado bien: los desastres naturales no pueden evitarse, pero sus consecuencias sí pueden reducirse.
Y en esa materia, nuestro país tiene algo que pocos pueden exhibir con tanta experiencia: conocimiento acumulado durante décadas en ingeniería sísmica, construcción, evaluación estructural, planificación urbana y reconstrucción.
La tragedia que hoy enfrentan nuestros vecinos debe movilizar, primero que todo, solidaridad y cooperación. Pero también debería abrir una conversación sobre una oportunidad que Chile todavía no ha aprovechado completamente: la internacionalización de sus profesionales y empresas vinculadas a la construcción y la gestión del riesgo.
Los grandes terremotos que han golpeado al país han obligado a perfeccionar nuestras normas, fortalecer la ingeniería y elevar los estándares de construcción. El terremoto de 2010 marcó un punto de inflexión y dejó una experiencia que hoy es estudiada y observada internacionalmente.
Ese conocimiento tiene valor.
Ingenieros estructurales, arquitectos, constructores civiles, geólogos, especialistas en prevención de riesgos, expertos en infraestructura y profesionales vinculados a la planificación urbana pueden aportar mucho más allá de nuestras fronteras.
La reconstrucción de una ciudad después de un terremoto no consiste simplemente en levantar nuevamente lo que se cayó. Requiere evaluar estructuras, determinar riesgos, definir qué puede recuperarse, establecer prioridades y diseñar soluciones que permitan enfrentar mejor el próximo evento.
Ahí Chile tiene una ventaja. No se trata de hacer negocios con la tragedia
Es importante establecer una diferencia.
Transformar esta experiencia en una oportunidad internacional no significa lucrar con el sufrimiento de otros países. Significa poner conocimiento y capacidades profesionales al servicio de sociedades que necesitan reconstruirse y, al mismo tiempo, generar nuevas oportunidades para profesionales y empresas chilenas.
La cooperación técnica puede convertirse en una forma de diplomacia.
Chile podría contribuir con misiones de evaluación, asesorías especializadas, capacitación, transferencia tecnológica, diseño de infraestructura resiliente y colaboración académica.
Y detrás de cada una de esas áreas existe una industria nacional que puede proyectarse internacionalmente.
Existe, además, una oportunidad mayor.
Chile no debería exportar solamente sus capacidades para reconstruir después del desastre. También debería exportar su experiencia para prevenirlo.
La ingeniería sísmica adquiere su verdadero valor cuando logra evitar que un edificio colapse. La planificación urbana demuestra su utilidad cuando permite disminuir la exposición de una comunidad. Una buena normativa se justifica cuando protege vidas.
Esa mirada preventiva puede ser uno de los principales aportes que Chile entregue a América Latina.
Para que esta oportunidad no quede reducida a esfuerzos individuales, se necesita coordinación.
Universidades, empresas, gremios profesionales y organismos públicos podrían trabajar en una estrategia que permita identificar las capacidades chilenas y ofrecerlas internacionalmente.
Chile podría construir una verdadera marca país asociada a la resiliencia y la reconstrucción.
Tenemos experiencia, profesionales, conocimiento y una industria que ha aprendido a convivir con uno de los fenómenos naturales más destructivos.
Lo que falta es convertir ese aprendizaje en una política de internacionalización.
Una oportunidad que no debería perderse
Colombia y Venezuela están enfrentando hoy las consecuencias de terremotos que dejaron daños y comunidades que deberán reconstruir parte de sus ciudades.
Chile conoce ese camino.
Lo recorrió después de grandes terremotos y aprendió, muchas veces a un costo enorme, que construir bien no es un lujo: es una necesidad.
Por eso, la respuesta chilena no debería limitarse a enviar ayuda cuando ocurre una emergencia.
También debemos ser capaces de ofrecer conocimiento antes, durante y después del desastre.
La oportunidad está ahí: que la experiencia que Chile adquirió producto de sus propias tragedias se transforme ahora en cooperación, empleo, internacionalización y, sobre todo, en ciudades más seguras para nuestros vecinos de América Latina.
Porque una de las mejores maneras de honrar lo que Chile ha aprendido de sus terremotos es ayudar a que otros países tengan que aprender menos de los suyos.
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